viernes, 26 de junio de 2009

Idea Villarino

(agosto, 1920 - abril, 2009. Montevideo, Uruguay)

No es el ambiente literario, por cierto, excepción de la discriminación sexista, ni siquiera en el Uruguay, país de grandes poetas mujeres. Tuvieron que ser demasiadas, para que algunas pocas lograsen romper la vaya del machismo.
Con leer un breve poema de Idea Vilariño, hoy, cuando la poesía no encuentra una expresividad auténtica y se viste con ropajes artificiosos, basta para encontrarnos con su fascinante voz despojada, que sin proponérselo deja sin brillo a muchos poetas nuevos, cuando ya pasaron veintitrés años de la edición de su último libro: No (1980)
El primer libro –La suplicante– lo dio a conocer en 1945, a sus veinticinco años. En 1949 es cofundadora de la revista Número, puntal en la renovación de la literatura uruguaya. Con un joven Benedetti, que se incorpora luego, hacían una publicación universal que prestaba atención a las novedades literarias del mundo, así como no escatimaron críticas a las promociones anteriores de las letras uruguayas.
La poesía de Vilariño pasó por las influencias modernistas y por los experimentos del imaginismo, pero se despojó violentamente de accesorios y artificios y se empequeñeció en extensión y se agrandó en su decir. Sus “pequeñeces” poéticas se parecen a las que Alejandra Pizarnik (seis años más joven) comenzaba a escribir de este lado del Río de la Plata.
Todo gran poeta atraviesa épocas de su vida, o su vida entera, significando determinados pensamientos obsesivos. Nadie, nunca, ninguno, no, son palabras que abundan en la poesía de Vilariño ensombreciendo imágenes, o decididamente la imagen es un telón lejano donde la idea se enmarca.
La muerte nos espera, de allí el negativismo inherente a su escritura. Sin embargo puede verse en sus páginas el deseo, la búsqueda de algo en que creer –un amor o un pensamiento que nos saque, al menos por un tiempo, de esa sombría sensación, del fatalismo.
La existencia de Vilariño nos dice que mirar para adentro, atisbar nuestra inevitable soledad más allá de ornamentaciones, alcanza para vivir la experiencia que desata, tarde o temprano, toda poesía.
De No, 1980

9

Por ahora
en lo oscuro
como un perro despierto.
Por ahora.
Después
igual
sin mí
seguirá hacia su fin
la larga historia.

29
Como un jazmín liviano
que cae sosteniéndose en el aire
que cae cae cae
cae.
Y qué va a hacer.


De Poemas de amor, 1957

Ya no

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste qué era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.
colaboración indiscutida, Nestor Costa

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lunes, 8 de junio de 2009

Regalo de Sant Jordi

Esa fantástica costumbre que tenemos los catalanes de regalarnos libros el 23 de abril tiene sus peligros, pero hay años en que la sorpresa puede ser muy gratificante. Este año tuve la fortuna de mi parte, me regalaron El Chino de Henning Mankell. Este sueco medio afincado en Mozambique nos presenta una mas que recomendable novela.

Leyendo el chino uno se reconforta con la buena literatura, podría parecer una simple novela policíaca, pero es mucho más. Reflexiones sobre el sistema judicial occidental, sobre el sistema político chino y su evolución, incluso sobre la historia. La novela nos cuenta entre otras cosas, la construcción del ferrocarril en Estados Unidos con la brutal utilización de esclavos de razas oprimidas. Quizás era hora de que alguien se acordara de los auténticos autores de muchas obras que hoy admiramos.

En un pequeño pueblo de Suecia, una mañana de frío invierno, aparecerán todos sus habitantes muertos, todos menos tres. Y desde aquí viajaremos por cuatro continentes en infinidad de aventuras, y planteando pensamientos que invitan a largas sobremesas.

No dejen de leerlo y viva Sant Jordi.

Javi 23 de Abril de 2009

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martes, 2 de junio de 2009

Doce poemas de Goytisolo VI

Una de los aspectos más interesantes de José Agustín Goytisolo como poeta, es su cercanía al lector corriente. Muchos de sus poemas llegan fácilmente al público por su lenguaje llano y su verso simple. Esta simpleza no es nunca simplista en su fondo y, aunque parezca paradójico, tampoco en su forma. Dijo Albert Camus: “Si escribes claro tendrás lectores; si escribes oscuro tendrás comentaristas y discípulos”. Goytisolo tiene lectores. Como muestra de todo esto, para este mes elegimos el poema “Mis habitaciones” (Algo Sucede, 1968). Al leerlo es casi imposible no pensar en las propias habitaciones en que uno ha vivido. Sencillez, ritmo y profunda reflexión.

Mis habitaciones

En las noches sin sueño en esa hora
de la rauda memoria
que precede al olvido
pasan por mi cabeza
como ante la pantalla de un cine desbocado
escenas gestos voces alegrías,
persecuciones, himnos
pero de entre las cosas
que vuelven desde el fondo
sin límites del alma
asoman su contorno surgen
las extrañas habitaciones
en las que yo he vivido.
A veces me contemplan los sillones
de la casa del padre me preguntan
por mis zapatos nuevos,
por aquella pelota que un día me quitaron
o por el perro que murió.
También me observan
los espejos recordando mi rostro
cubierto de jabón, me saludan
y me encuentran más viejo.
Una silla otras veces
salta desde el rincón más alejado
de aquel cuarto que fue
mi residencia de estudiante
y desde allí me grita
me canta las virtudes de aquel vino
repite mis lecciones de memoria
y me despierta con una campana.
También llega un pasillo
que me conduce de la mano
hasta el cuarto encalado
de mis veranos libres
me encierra allí y aguarda
la bienvenida del ropero
y escucha agazapado tras la puerta
nuestras conversaciones
hablando de la caza de los higos
o de aquella camisa de soldado
que todavía guarda.
Están, después aquellas
otras habitaciones silenciosas
que no preguntan nada que me miran
reprochando algo feo
que debió suceder y no recuerdo
y lanzan sus lavabos
como una acusación disparatada
dirigiéndome sordos
ruidos con sus desagües pecadores
para llamarme al arrepentimiento.
Así, en las altas noches
me cercan y preguntan
estas habitaciones de mi vida
estos cuartos sus muebles sus dinteles
y en un agobio de percheros
de alfombras y de libros olvidados,
me recuerdan el tiempo
que dejé como un trapo.
Hecho jirones entre sus paredes.

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