Llega el verano y para muchos eso significa vacaciones, y para muchos eso significa viajar. Los poemas que evocan lugares (o momento históricos específicos) se disfrutan más cuando esos lugares (o esos momentos) se han vivido. Para contentar a la mayoría este poema transita muchos lugares del mundo, en muchos viajes que al final son un sólo viaje. El poema se titula "Una larga espera", de Juan Luis Panero, miembro de la conocida saga de poetas de la misma familia. Disfrutad de vuestros viajes (si los hacéis) y de este poema: si la primera parte es evocadora, la segunda es devastadora.
Una larga espera
Alguien te espera en la terraza de un café, en Venecia,
mientras se pierde, desterrada por el golpeteo de la lluvia,
la música de una pequeña orquesta.
Alguien te espera en el caluroso camarote de un barco
viendo amanecer sobre los minaretes de Alejandría.
Alguien te espera, con un vaso en la mano y un cuerpo cerca,
⎯la lluvia aburriendo los cristales⎯
en una habitación de Hans Road, en Londres.
Alguien te espera, desnudo, en un cuarto art nouveau de París
⎯entra una luz borrosa a través de la ventana¬⎯.
Alguien en una esquina dorada por el sol,
cerca de Chapultepec, en Ciudad de México.
Alguien te espera, en otro camarote caluroso, mirando
atardecer sobre las olas del Caribe.
Alguien junto a la chimenea apagada en un piso de Bogotá,
con el aliento helado, en las orillas del Hudson, en Nueva York,
en la terraza de un hotel de Taxco
y en otra terraza, donde ladran unos perros, en Madrid.
Alguien te espera en la noche de Granada y en la madrugada de Veracruz,
recorriendo Lisboa desde el alto de la Serafina
y San Francisco desde Russian Hill.
Alguien te espera ⎯hace mucho tiempo⎯
entre los viejos muros de una casa de Astorga
y haciendo el amor sobre la arena de una playa perdida.
Alguien te espera, espera con impaciencia tus noticias,
en repetidas habitaciones de apartamentos, en monótonos cuartos de hotel.
Y tú deberías avisarle, decirle de una vez la verdad,
que no puedes volver, que ya no tienes tiempo,
que es mejor cancelar la cita para siempre.
Pero no lo harás y él te seguirá esperando
soñando cada sitio como si tú estuvieras por llegar,
repitiendo las mismas frases en los antiguos escenarios.
Hasta que un día se canse de esperarte
y piense que tú ya no vendrás, que tal vez hayas muerto.
Ese día, poco antes de dormirse, cuando maldiga
tanto tiempo perdido, su agotada paciencia,
podrá leer ⎯escrita en las paredes⎯ la esperada noticia de tu muerte.
sábado, 17 de julio de 2010
Poema del mes: Una larga espera
martes, 6 de julio de 2010
Doce poemas de Miguel Hernández V
Cuando estalla la Guerra Civil Española, Miguel Hernández toma parte inmediatamente del lado de la República, hasta el punto de alistarse para ir al frente. Durante la efervescencia de los primeros meses de guerra e influido por el espíritu libertario, escribe los poemas que conformarán "Vientos del pueblo". Son poemas de barricada, de arenga, capaces de inflamar el pecho del que los escucha. Durante mucho tiempo estos poemas fueron los más conocidos del poeta de Orihuela.
Como ejemplo el que presentamos hoy: en Mayo de 1991 Rafael Alberti a la lectura y Paco Ibáñez cantando y a la guitarra dieron un recital de poesía en que repasaban la poesía española de todos los tiempos. Al llegar al siglo veinte no pudieron menos que homenajear a Miguel Hernández, eligiendo un poema de Vientos del Pueblo. Os dejamos aquí el texto y el audio de Alberti recitándolo, sin duda un documento sonoro al nivel que el mismo poema.
Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.
Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.
No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.
¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?
Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hombre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.
Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.
Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.
Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.
Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

