Pere Gimferrer es uno de los grandes poetas que quedan en activo. Su trayectoria es sólida y un tanto particular: nacido en 1945, joven prometedor y precoz, integrante de la famosa antología Nueve Novísimos Poetas Española llevada a cabo por Castellet en 1970, discípulo y amigo de Aleixandre. Desde 1970 hasta 2006 publicó solamente poemarios en catalán. Miembro de la Real Academia Española desde 1985. Cinéfilo empedernido. Personaje de la cultura barcelonesa (como dijo Montalbán: “Gimferrer ha accedido a la condición de emblema de una cultura poética nacional”). Los poemas de sus primeros libros (Arde el mar, La muerte en Beverly Hills) están llenos de sensaciones e imágenes que podemos considerar modernas en las letras españolas, alejada a la vez de la poesía social y de la poesía urbana cultivada desde el final de la guerra hasta los años sesenta. Además este poema (¿o son dos poemas?) del libro La muerte en Beverly Hills (1968) tiene un inicio con tanto ritmo que si se recita en voz alta es casi como cantar. Luego el torrente del propio poema nos lleva hacia todos esos lugares que sólo se pueden describir en un verso. Esperamos que os guste, tanto si sí como si no, dejad un comentario.
En invierno, la lluvia dulce en los parabrisas...
En invierno, la lluvia dulce en los parabrisas, las carreteras
brillando hacia el océano,
la viajera de los guantes rosa, oh mi desfallecido corazón, clavel
en la solapa del smoking,
muerto bajo el aullido de la noche insaciable, los lotos en la niebla,
el erizo de mar al fondo del armario,
el viento que recorre los pasillos y no se cansa de pronunciar
tu nombre.
Ella venía por la acera, desde el destello azul de Central Park.
¡Cómo me dolía el pecho sólo con verla pasar!
Sonrisa de azucena, ojos de garza, mi amor,
entre el humo del snack te veía pasar yo.
¡Oh música, oh juventud, oh bullicioso champán!
(Y tu cuerpo como un blanco ramillete de azahar...)
Los jardines del barrio residencial, rodeados de verjas,
silenciosos, dorados, esperan.
Con el viento que agita los visillos viene un suspiro de
sirenas nevadas.
Todas las noches, en el snack,
mis ojos febriles la vieron pasar.
Todo el invierno que pasé en New York
mis ojos la buscaban entre nieve y neón.
Las oficinas de los aeropuertos, con sus luces de clínica.
El paraíso, los labios pintados, las uñas pintadas, la sonrisa,
las rubias platino, los escotes, el mar verde y oscuro.
Una espada en la helada tiniebla, un jazmín detenido
en el tiempo.
Así llega, como un áncora descendiendo entre luminosos
arrecifes,
la muerte.
Se empañaban los cristales con el frío de New York.
¡Patinando en Central Park sería un cisne mi amor!
Los asesinos llevan zapatos de charol. Fuman rubio, sonríen.
Disparan.
La orquesta tiene un saxo, un batería, un pianista. Los cantantes.
Hay un número de strip-tease y un prestidigitador.
Aquella noche llovía al salir. El cielo era de cobre y luz
magnética.

