El Rayo que no cesa
Poco antes de la guerra civil, llegará El rayo que no cesa, para algunos, la obra más acabada de Miguel Hernández. Es un poemario compuesto básicamente por sonetos y que muestra su cambio defintivo: de su poesía religiosa y de orientación clasicista a las formas poéticas de vanguardia. Y es que en la vida y en la obra de Miguel todo ocurre de forma rápida e intensa: sus momentos vitales, sus cambios de orientación política, sus etapas creativas....
Cómo diria Juan Ramon Jiménez: “El rayo que no cesa es Miguel Hernández mismo. Si sigue así este rayo, ¿dónde llegará él, dónde llegará, con él, la poesía española de nuestro siglo?”. La guerra y sus cárceles no nos dejarán responder a esta pregunta.
Pero justamente El rayo que no cesa es una muestra de esa intensidad, a veces incluso violenta. Un poemario dedicado al amor, pero también a la muerte y al dolor, con la simbología del rayo como una fuerza que atraviesa cada uno de los poemas.
Aquí os dejo el segundo poema que justamente es una muestra de esa pasión que habita en el corazón del poeta, remueve sus entrañas y contamina al que lo lee.
¿No cesará este rayo que me habita
el corazón de exasperadas fieras
y de fraguas coléricas y herreras
donde el metal más fresco se marchita?
¿No cesará esta terca estalactita
de cultivar sus duras cabelleras
como espadas y rígidas hogueras
hacia mi corazón que muge y grita?
Este rayo ni cesa ni se agota:
de mí mismo tomó su procedencia
y ejercita en mí mismo sus furores.
Esta obstinada piedra de mí brota
y sobre mí dirige la insistencia
de sus lluviosos rayos destructores.

