Desde el dolor
“Cancionero y romancero de ausencias” es el último y póstumo libro que nos deja el repaso por la obra de Miguel Hernández, escrito íntegramente desde prisión, se cree que entre el ’38 y el ’41, es un poemario que nace desde el desconsuelo. Preso se entera el poeta de la muerte de su hijo, el inevitable final desalentador de la Guerra, la ausencia de amigos, la cárcel, la condena a muerte y la enfermedad le cercan por todos los frentes, el Yo Colectivo de “Viento del pueblo” y “El hombre acecha” desaparece en detrimento de un de un Yo individual mucho más lírico, recluido y privado. En principio, Hernández nos deja más de 130 poemas (hay editores que establecen unos 137) escritos con cierto animo de diario íntimo entre los que contamos entre otros con Nanas de la cebolla, o Menos tu vientre; el amor, la muerte, la guerra como experiencia intensas lo llevan a unas formas más nostálgicas y por qué no más tradicionales.
De este extensísimo poemario escogemos dos poemas breves y profundos, uno extremadamente bonito, suave con ese ritmo de canción que lo hace muy fácil de leer; el segundo pertenece quizás al grupo de los más internos, crudos e individuales del poeta, tanto que según los biógrafos estaba tachado entre los papeles originales por el propio Hernández.
(Besarse, mujer)
Besarse, mujer,
al sol, es besarnos
en toda la vida.
Asciende los labios,
eléctricamente
vibrantes de rayos,
con todo el furor
de un sol entre cuatro.
Besarse a la luna,
mujer, es besarnos
en toda la muerte:
descienden los labios,
con toda la luna
pidiendo su ocaso,
del labio de arriba,
del labio de abajo,
gastada y helada
y en cuatro pedazos.
Casa Cerrada
El hijo muerto no cierra las puertas.
El marido ausente, sí.
Ausentes del corazón,
ausentes de mí. Read more...

