viernes, 18 de noviembre de 2011

Poema del mes: Tomas Transtömer

El poeta madrileño Carlos Pardo prologa la antología de poemas "El cielo a medio hacer" del reciente premio Nobel de literatura, el sueco Tomas Tranströmer (Estocolmo, 1931). En dicho prologo, se nos explica que la fascinación de los poemas de Tranströmer, ya en los años cincuenta con la publicación de su primer poemario (17 poemas, 1954), surge de la combinación de unas imágenes enormemente poderosas con el uso de un verso sutil y concreto, de una sencillez expresiva pasmosa, donde en muchas ocasiones el peso de la composición reside en los objetos y no en la presencia esquiva y en ocasiones fugaz del propio poeta. Leer un poema de Tranströmer equivale a deslumbrarse una gélida mañana contemplando el mar en uno de tantos paseos de Estocolmo y percibir con sorpresa que acaba de pasarnos un caminante, anónimo, de rostro difuso, como un secundario en nuestras vidas, en nuestros propios poemas. Ya en los ochenta Tranströmer pule y limpia su retórica, desbastándola más aun si cabe, acercándose y acomodándose en el haiku, siendo su forma poética predominante tras la hemiplejia que sufrió en los años noventa y que le impide hablar. Tranströmer combinó la escritura de sus poemas con su labor como psicólogo para la reinserción, en centros penitenciarios y hospitales. A continuación se ofrece una breve selección de sus poemas según la traducción de Roberto Mascaró.


Naufragio del día (1954)


Calma acecha la hormiga del bosque, mira dentro

de la nada. Y nada se oye sino el gotear de sombrías

hojarascas y el murmullo nocturno muy dentro del cañón

del verano,


El abeto es como la aguja del reloj

espinoso. Arde la hormiga en la sombra del monte.

¡Trinó un pajaro! Y, por fin, lentamente comienza a rodar

el carro de nubes.



Carta del tiempo (1958)


El mar de octubre brilla frío

con su aleta dorsal de espejismos.


Nada queda que recuerde

el blanco vértigo de las regatas.


Una luz ambarina sobre el pueblo.

Y todos los sonidos huyendo, lentos.


El jeroglífico del ladrido de un perro

pintado en el aire sobre el jardín


donde la fruta amarilla engaña

al árbol y se deja caer.



Paso de peatones (1978)


Soplo helado en los ojos y soles que danzan

en el caleidoscopio de las lágrimas cuando cruzo

la calle que tanto me ha seguido, la calle

donde el verano groenlandés ilumina los charcos.


En torno a mí hierve toda la fuerza de la calle

que nada recuerda y nada quiere.

Muy por debajo del tráfico, en la tierra espera

el bosque no nacido, inmóvil por mil años.


Se me antoja que la calle ve.

Tan sombría es su mirada que el sol mismo

se hace un ovillo gris en un espacio negro.

¡Pero ahora yo brillo! La calle me ve.

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